Protocolo y tradición

Desde 1983 existe un real decreto que “establece el régimen de precedencias de los cargos y entes públicos en los actos oficiales”. Es decir, indica el orden que deben seguir las autoridades que asisten a dichos actos. Es una normativa que sigue vigente y, si bien es cierto que debería ser actualizada y revisada, creo que hoy más que nunca sigue siendo necesaria. Soy fiel defensora del sentido común y la buena disposición, pero también soy consciente de que ese “sentido común” al que apelo no es tan común como parece y que la “buena disposición” se queda casi siempre atrapada en la intención sin lograr la efectividad que su aplicación práctica aportaría. Por este motivo y porque no es fácil librarse del yugo de la vanidad, esta normativa que ordena a los representantes institucionales -en base a lo que dispone la Constitución de 1978 y no en base a sus apetencias personales- debería aplicarse como muestra de respeto hacia las instituciones que a las que se representa y que a su vez, amparan a todos los ciudadanos.

El problema es que como la mayoría de las normativas no es perfecta y su aplicación en determinadas situaciones puede dar lugar a diversas interpretaciones, ya que en el caso de los actos oficiales organizados por Comunidades Autónomas o por la Administración local a la hora de determinar las precedencias, además de lo regulado en dicho Ordenamiento, se alude a su propia normativa, tradición o costumbre inveterada del lugar.

Sí, sí, tradiciones y costumbres inveteradas son las que en protocolo nos deberían guiar a la hora de establecer el orden en determinados actos oficiales evitando los conflictos que la citada vanidad pueda generar. Los de protocolo debemos conocer bien esas tradiciones tratando de respetarlas y adaptarlas a la lógica evolución que van experimentando con el paso del tiempo.

Las tradiciones se trasmiten de generación en generación y pueden ser actos que se han ido repitiendo a lo largo del tiempo convirtiéndose señas de identidad de la colectividad. Todas tienen un comienzo y es precisamente su repetición la que les otorga el carácter de tradicional. La fuerza de las tradiciones reside en el vínculo que crean quienes las siguen y, desde prácticamente el principio de la humanidad, las personas hemos manifestado la necesidad de establecer esos vínculos que refuerzan nuestra identidad sintiéndonos parte de un colectivo.

En un principio las celebraciones (cuya repetición fue convirtiendo en tradiciones) giraban en torno a fenómenos relacionados con la naturaleza y sus ciclos. El nacimiento de las religiones transformó u originó nuevas celebraciones que se fueron consolidando convirtiéndose en esos nuevos puntos de encuentro que reforzaban vínculos y ese sentido de pertenencia a un colectivo. La globalización nos ha permitido conocer ritos y celebraciones de otras culturas cuya forma o apariencia puede sorprendernos e incluso atraernos, probablemente sea también esa globalización la que además de darnos a conocer otras tradiciones, ha hecho que nos replanteemos el sentido de las nuestras. Pero, en el fondo de todas las celebraciones, más allá de sus diversas apariencias, sigue prevaleciendo esa necesidad de sentirnos acompañados, de reforzar vínculos y comunicarnos.

Por tanto, salvo que esas tradiciones atenten contra nuestra integridad privándonos de nuestros derechos básicos, deberían seguir formando parte de nuestra cultura reforzado los vínculos de quienes las sienten como suyas. Participar en una celebración colectiva no implica renunciar a nuestras creencias personales sean cuales sean, simplemente demuestra nuestra consideración hacia un colectivo que si bien no sentimos como propio merece todo nuestro respeto. Porque esa es la base de la convivencia: respeto mutuo y saber ceder en favor de la colectividad, una base en la que se apoyan los cimientos de un protocolo que está acostumbrado a lidiar con la individualidad de quienes rechazan o no entienden el valor de las tradiciones.

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2 pensamientos en “Protocolo y tradición

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