¡Give me five!

Durante esta semana, los príncipes de Cambridge, Guillermo y Catalina, están de visita oficial en Canadá acompañados por sus hijos: Jorge y Carlota. Hasta ahora lo más comentado de este viaje (aparte de la indumentaria de Catalina), ha sido la anécdota protagonizada por el príncipe Jorge, quien no quiso “chocar los cinco” con el primer ministro canadiense, Justin Trudeau. Algunos medios han destacado lo incómodo de la situación e incluso cierta decepción por parte de algunos canadienses ante este “desaire”, pero la mayoría lo han tratado como lo que es, una simple anécdota que refleja el comportamiento natural de un niño de tres años que acaba de aterrizar en un lugar desconocido tras varias horas de viaje. Tener que saludar, sonreír y chocar los cinco con alguien que no conoces por muy primer ministro que sea, es algo que no se puede exigir a un niño tan pequeño, ni siquiera al príncipe Jorge.

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Encuentro entre el príncipe Jorge y el primer ministro canadiense, Justin Trudeao (Foto: HUFFINGTON POST)

Sí que es cierto que desde bien pequeñitos podemos comenzar a enseñar buenos modales a los niños, pero siempre sin forzar y teniendo en cuenta la adquisición y evolución de habilidades sociales debe ser adecuada a cada edad y personalidad. Nunca podremos exigir de la misma forma a un niño de tres años que a uno de seis, o a uno introvertido que a uno que no lo es. También hay que tener en cuenta las diversas circunstancias en las que nos encontramos: Entornos conocidos o no; momento del día; tipo de actividad…

Normalmente las recomendaciones que encontramos en diferentes artículos (salvo excepciones) relacionadas con los buenos modales para niños, se hacen desde el punto de vista de los adultos y se limitan a señalar una serie de costumbres y hábitos que todos (no solo los niños) deberíamos poner en práctica para favorecer la buena convivencia: Pedir las cosas por favor; pedir perdón; dar las gracias; saludar cuando llegamos a un sitio; despedirnos cuando nos vamos; no interrumpir a quien está hablando; ceder el asiento a quien lo necesita; etc…

Conseguir poner en práctica todas estas buenas costumbres no es tarea fácil (muchos adultos, a pesar de que haber recibido una educación de “las de antes”, carecen de ellas), requiere esfuerzo, paciencia, constancia y tiempo. Vamos, todo aquello que nos falta (en la mayoría de los casos) a los adultos para dedicar a los niños.

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Por tanto, podemos y debemos exigir a los niños, pero de forma proporcionada y adecuada y, sobre todo, exijámonos a nosotros mismos que falta nos hace.

¡Feliz día!

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