Mejor sin niños… ¿seguro?

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Bodas sin niños, restaurantes, hoteles, aviones y hasta pueblos sin niños…sí, sí, he dicho pueblos porque existe uno en Escocia que solo los admite de visita y por tiempo limitado. Los espacios “libres de niños” o el fenómeno “libre de hijos” (en inglés Childfree) no son algo nuevo y como todo fenómeno social que afecta a una parte de la población que difiere de otra parte que opta por lo contrario, es un tema que genera cierta controversia.

Como madre “no arrepentida” que considera que el hecho de serlo es fascinante (tanto como para quien elige libremente no serlo) reconozco que veo con cierto recelo aquellas propuestas que tienden a excluir a los niños por considerarlos seres ruidosos y molestos que arruinan las celebraciones de los adultos, esos que sí saben cómo comportarse en cada momento…

Lo sé, me cuesta ser imparcial en estos temas, sobre todo cuando trato de educarlos en el respeto y la tolerancia, intentando equilibrar la necesidad que tienen de crecer sintiéndose libres y de desarrollar su inmenso potencial creativo sin que ello suponga traspasar los límites de lo que es correcto o incorrecto, límites que, por otra parte, cada vez se muestran más confusos entre los adultos.

Sinceramente, no me molesta el hecho de que alguien celebre una “boda para adultos”, de hecho, como madre, bueno más bien como padres porque en mi caso funcionamos en equipo, valoramos siempre si es adecuado o no llevar a nuestros hijos a determinados eventos teniendo en cuenta si son acordes con su edad, gustos, personalidad y necesidades propias de cada etapa. Si los novios consideran que han organizado una boda que no es adecuada para ellos, habrá que respetar su decisión y no torturar a nuestros hijos llevándolos a una ceremonia en la que se van a aburrir innecesariamente.

Realmente lo que me molesta es esa tendencia generalizada a calificar de “molestos” a los niños por el hecho de serlo y no por tener un comportamiento inadecuado en un momento determinado. Está claro que un niño corriendo por un restaurante molesta impidiendo trabajar al camarero, una actitud que los padres debemos corregir. Pero también molesta quien se ríe a carcajada limpia o nunca está contento con lo que le sirven, que también los hay, y no son precisamente niños.

Por supuesto que a nivel privado cada uno es libre de invitar a su boda quien quiera y admitir en sus restaurantes, hoteles y aviones a quien le plazca. Pero me resulta paradójico que en un mundo globalizado donde somos capaces de “solidarizarnos” con quienes están a miles de kilómetros, cada vez tendamos más a aislarnos para no ser molestados por quienes no comparten nuestro modelo de vida, pudiendo optar a viajar solo con “singles”; alojarnos en románticos hoteles exclusivos para parejas; o divertirnos en “familia” en complejos turísticos que nos ofrecen todo tipo de actividades que ahuyentan el temido fenómeno del aburrimiento.

Como todo en esta vida hay que encontrar un equilibrio, elegir puntualmente una de estas opciones puede ser hasta beneficioso, pero tender a aislarnos por sistema en una burbuja y dar por supuesto que aquello o aquellos que son diferentes nos van a impedir disfrutar de nuestra idílica vida, no me parece lo más acertado. Probablemente nos ahorrará muchas molestias, pero nos impedirá descubrir lo apasionante que es vivir en el mundo real, un mundo en el que algunos parecen haber olvidado que un día fueron niños.

 

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