Más vale una buena conversación que mil interacciones

 

Hace unos años Internet nos dio la posibilidad de acceder virtualmente a un mundo global que de una manera física hubiese sido impensable conocer. Abrió ante nosotros la posibilidad de descubrir otras formas de pensar, de actuar y de de vivir, pero también nos descubrió que a pesar de la distancia (no solo física) también hay muchas personas con las que compartimos gustos, aficiones y un modo de pensar muy similar. Esta conexión idílica con quienes están lejos pero sentimos cerca tiene la ventaja de hacernos sentir cómodos en nuestras afirmaciones, satisfechos al comprobar que nuestras ideas son compartidas por otras personas que a su vez se sienten identificadas con nosotros y nuestra forma de ver el mundo. Sin duda resulta gratificante sentirse comprendido, apoyado y, porque no, admirado . Pero, cuidado, porque esa sensación que nos aporta el mundo virtual nos puede hacer olvidar la grandes lecciones que nos da el mundo real.

En una reciente entrevista realizada al sociólogo Zygmunt Bauman (de lo mejor que he leído últimamente), éste afirmaba que en el mundo online puedes “blindarte del enfrentamiento con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú.” Algo que según Bauman no sucede en el mundo real donde “te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos.” Es cierto que en la vida real también tendemos a relacionarnos con personas que nos resultan afines prefiriendo compartir con ellas más momentos que con quienes no nos sentimos tan identificados, pero la realidad nos pone delante personas y situaciones de las que no es tan sencillo desconectar dándonos la oportunidad de descubrir que tras un perfil alejado del nuestro se esconde una diversidad que nos enriquece.

Para aprovechar esa oportunidad que nos ofrece el mundo real debemos estar muy atentos y recuperar algo que creo estamos perdiendo: El arte de conversar. Ampliar nuestra red de contactos nos da la posibilidad de interactuar con muchas personas manteniendo multiconversaciones que, en determinados momentos, también pueden resultar enriquecedoras, pero si nos excedemos y dedicamos la mayor parte del tiempo a prestar atención, aunque sea mínima, a todos nuestros contactos nos alejaremos cada vez más de la posibilidad de mantener una buena conversación, de esas que requieren tiempo y atención plena, algo que en nuestros días (a pesar del bombardeo constante en los medios de los beneficios que nos aporta el “mindfulness”) es difícil de conseguir.

Sí, mantener una buena conversación requiere tiempo, atención plena y estar dispuestos a asumir que siempre podemos aprender algo. La magia de una buena conversación nos hace olvidar que tan solo nuestros argumentos son válidos y que las experiencias ajenas no son comparables a las nuestras porque cada vivencia es única. Mantener una buena conversación supone saber escuchar más allá de las respuestas que queremos oír, siendo capaces de aceptar que también podemos estar equivocados. Mantener una buena conversación nos acerca a la realidad aunque no nos guste y, precisamente, ese acercamiento es el único que nos puede dar la posibilidad de cambiarla. Por eso y porque es algo excepcional, más vale una buena conversación que mil interacciones.

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