Protocolo para los “despistados”: Las catenarias

Hace tiempo escribí un artículo en el que explicaba que protocolo es algo más que buena educación, aunque ciertamente la forma de comportarse en determinados lugares públicos y, especialmente en todos aquellos actos sociales en los que participamos, han pasado a formar parte de esa concepción genérica del protocolo que aborda aspectos relacionados no solo con el orden de los actos, sino también con su ceremonial, etiqueta y, en este caso, comportamiento adecuado a seguir en los mismos.

En ese comportamiento adecuado, la urbanidad o buena educación que debe o debería regir nuestro comportamiento para favorecer la interacción con los demás, es lo que justifica el artículo que hoy escribo.

Porque la urbanidad y el buen comportamiento posibilita el hecho de que la convivencia sea favorable y que el respeto mutuo sirva para mantener la armonía de nuestras relaciones. En el artículo anteriormente citado, explicaba como con frecuencia nos preocupamos de la parte más vistosa del ceremonial y la etiqueta, olvidando con frecuencia detalles básicos de la convivencia como el pedir las cosas por favor, ceder el asiento a quien más lo necesita o dar las gracias a quien amablemente nos ha atendido.

En ese mismo artículo excusaba ese inadecuado comportamiento afirmando que “En esta vida ajetreada que llevamos quiero pensar que no es la mala educación o un marcado sentimiento de “ombligo del mundo” el que nos lleva a anteponer nuestras “necesidades” a las de los demás, seguramente esta falta de cortesía se debe simplemente al despiste.”

Sí, el despiste. Ese gran aliado que a veces nos sirve de excusa para justificar un procedimiento no adecuado. Y, ese “despiste”, es bastante frecuente a la hora de no respetar los límites marcados por las catenarias. Ese útil elemento tan utilizado en actos, ceremonias y eventos, que sirve para marcar zonas reservadas que deben ser protegidas o delimitadas para un uso determinado. También es frecuente su uso en museos o salas de exposición para proteger las obras allí expuestas.

Por motivos de trabajo he comprobado en más de una ocasión como algún “despistado” las saltaba o se flexionaba para pasar por debajo “sin darse cuenta” y acceder a un espacio reservado, que lo está, no por capricho, sino por precaución, por seguridad, que está delimitado por una determinada razón que es la que justifica el adecuado uso que se debe dar al mismo.

Advertidos de su despiste, en la mayoría de los casos, los infiltrados se disculpan por no haberse dado cuenta de la existencia de dicha catenaria y se van del lugar volviendo a repetir el ejercicio gimnástico que les ha permitido adentrase en el espacio “prohibido” sin ser conscientes de ello.

Para quienes tenemos que indicar que se deben respetar ciertos límites, nos resultaría mucho más sencillo no tener que hacerlo, pero si por sobrepasar esos límites el “despistado” sufriese algún percance, las consecuencias serían mucho más desagradables que el hecho de tener que indicar y hacer respetar esos límites. Por eso, una vez más recuerdo a los “despistados” que las catenarias tienen una función: delimitar un espacio reservado por motivos de seguridad. Respetar esa función pone de manifiesto nuestro respeto hacia los demás y hacia nosotros mismos.

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Un espacio delimitado con catenarias durante la visita de los reyes de España al Museo de la Ciencia Emergente y la Innovación (Miraikan)|HOLA

Feliz semana

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Protocolo, cortesía y…mucho más

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Ayer por la tarde asistí a una conferencia que forma parte del ciclo “El Protocolo un valor en alza” organizado por Ibercaja y que está teniendo lugar durante este mes en Zaragoza. El título de la conferencia de este martes era “La cortesía verbal en las relaciones de convivencia social y protocolo”, sin duda, una temática muy interesante. Desde el punto de vista lingüístico fue una ponencia extraordinaria en el que la persona que daba la conferencia dio una lección magistral sobre el uso de la lengua en lo que a cortesía verbal aplicada a situaciones cotidianas de interacción social se refiere. Hasta aquí nada que objetar salvo una pequeña cuestión… apenas se habló de protocolo.

Y, es una lástima porque el aforo, que era de 362 personas, estaba completo. Una oportunidad perdida para aclarar que el protocolo no es únicamente una cuestión de cortesía o buena educación sino una disciplina que integra otros muchos aspectos que siguen pasando desapercibidos al ocultarse tras una visión generalizada que continúa asignando al protocolo funciones que son más bien propias de la etiqueta o simplemente de la buena educación.

Como ya hemos explicado en más de una ocasión es un hecho que el término protocolo, más allá de denominar un “conjunto de reglas establecidas por norma y por costumbre para ceremonias y actos oficiales solemnes” ha pasado a englobar todos aquellos aspectos relacionados con el ceremonial, la etiqueta, la cortesía, urbanidad y buena educación que son necesarios en el desarrollo de todo tipo de actos o eventos, oficiales o no oficiales, de mayor o menor solemnidad. Sí, incluyo los no oficiales porque la práctica profesional ha trasladado las técnicas propias de los actos oficiales (con las adaptaciones correspondientes) a otros ámbitos que, aunque carezcan de esta oficialidad, tienen cada vez mayor relevancia social. Esta ampliación o generalización del término protocolo se ha trasladado también al ámbito académico donde la denominación de títulos propios, masters o grados incluye la palabra Protocolo tendiendo a excluir otras que están quedando (salvo raras excepciones) en desuso, como es el caso del Ceremonial. Por el contrario, está en auge el acompañamiento del término de su vertiente más práctica: “La organización de eventos”. Una de las principales funciones desempeñadas por el profesional de protocolo, que como decía, ha traspasado el ámbito oficial aplicando y adaptando muchas de las reglas y costumbres de éste a ámbitos no oficiales.

El Protocolo se convierte en un “cajón de sastre” donde el ceremonial, la etiqueta, la urbanidad, la cortesía, los buenos modales y todo lo que implica la gestión de actos/ceremonias/eventos tienen cabida. Quienes conocemos esta disciplina tenemos (o deberíamos tener) claros todos estos conceptos y ser conscientes de que si hablamos de cómo debemos saludar en un determinado acto nos estamos refiriendo a la etiqueta del mismo; o que si explicamos que debemos ser amables con las personas con las que trabajamos no estamos haciendo otra cosa que poner de manifiesto de la importancia de la cortesía.

Y sí, es probable que todo ello tenga cabida dentro del Protocolo, siempre y cuando no olvidemos que éste no se reduce únicamente a uno de estos aspectos. No podemos ser críticos con los deslices de quienes utilizan el término protocolo para hablar exclusivamente de indumentaria o familiaridad en el trato si nosotros, los profesionales del protocolo, no somos rigurosos a la hora de utilizar la terminología. Y, sobre todo, si queremos que el protocolo sea reconocido como una disciplina integradora que aporta un valor comunicativo imprescindible en el ámbito profesional, deberíamos tener cuidado al generalizar y no dar nunca por supuesto que los demás deben saber que éste no es solo etiqueta o cortesía aunque sean partes imprescindibles del mismo.

“Protocolo” bajo la lluvia…

Cada vez es más frecuente utilizar el término “protocolo” para hablar de cuestiones más propias de la etiqueta, es decir, para referirse a los usos y costumbres que se deben observar en diferentes actos favoreciendo la cordialidad en las relaciones. En nuestro devenir cotidiano también es necesario establecer unas costumbres que faciliten nuestra relación con los demás porque inevitablemente las interacciones se suceden a lo largo del día. En estos casos más que de protocolo o etiqueta, ciertamente deberíamos hablar de urbanismo, cortesía o buenos modales.

Con la vuelta al cole y la llegada del otoño nos encontramos también los “maravillosos” días de lluvia -tan necesaria como incómoda en ciertas situaciones- en los que paraguas, mochilas, niños, padres, abuelos y demás acompañantes, nos juntamos (o amontonamos) a las puertas del colegio.

Tras sortear las dificultades que el camino a la escuela ofrece (charcos, coches que pisan esos charcos, baldosas trampa…) llegamos a la puerta del cole donde una nube de paraguas nos impide ver la entrada. Todos queremos proteger a nuestros hijos para que no les caiga ni una gota, no cerramos el paraguas -aunque esto suponga el riesgo de metérselo a alguien en el ojo- hay que llevarlo abierto hasta que mi niño entre y, además, me quedo observando satisfecho como ha entrado bien sequito, impidiendo el acceso de otros niños que también quieren entrar, secos o no. Además, contento por la misión cumplida, me doy la vuelta y me voy con la cabeza bien alta, tan alta que no veo a los pobres niños (que no están a mi altura) esquivando piernas para no tropezar y caerse…en un charco, claro. Al salir me encuentro con otros papás y como ya he dejado a mi niño, allí me planto con mi paraguas gigante, a hablar del “tiempo”en la misma puerta, sin pensar en la gente que todavía tiene que entrar o salir.

Cerrar el paraguas antes que dejar tuerto a alguien; tratar de no detenernos en las puertas impidiendo entradas y salidas; pasar con cuidado si vamos en el coche y hay un charco cerca de la acera; no empujar a otros niños por dejar “bien” a los nuestros; cubrir con nuestro paraguas a quien lo necesite…En definitiva, Buenos modales (mejor que “protocolo”) bajo la lluvia, que facilitarían mucho nuestra convivencia.

No querría finalizar sin antes pedir disculpas, porque más de una vez por despiste o, simplemente, por ir a lo mío y olvidar que no soy el centro del universo, seguramente habré descuidado esos buenos modales, básicos para convivencia, que tantas veces reclamo.

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