Un poco de urbanidad…por favor

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El hecho de que muchos asocien el término “urbanidad” a una serie de normas establecidas en una determinada época ya pasada, no debería hacernos perder de vista la necesidad de seguir estableciendo una serie de pautas que pongan de manifiesto el respeto que debemos a los demás y a nosotros mismos si queremos que la convivencia en sociedad sea positiva.

Es evidente que la sociedad ha cambiado y que pautas y costumbres que en otra época facilitaban esa convivencia ahora son impensables. Pero la urbanidad, como conjunto de reglas o convenciones que propician una interacción social positiva, donde la ofensa y la humillación no tienen cabida, sigue siendo imprescindible.

De hecho, aunque ya no se use tanto el término, si que sigue existiendo una preocupación por la buena educación (o por la falta de ella), preocupación que ha sido constante a lo largo de la historia, ya que parece ser que tenemos cierta tendencia a pensar aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” y que la urbanidad o buena educación siempre están en crisis.

Esa crisis tiene de positivo el hecho de que hay una necesidad constante de mejorar nuestro comportamiento y, de negativo, que pone de manifiesto la existencia de maneras de actuar que no favorecen la convivencia. Empeñarnos en lamentar nuestra falta de civismo apelando a un pasado “ideal” de poco sirve, teniendo en cuenta además, que ese pasado no debía ser ni más ni menos ideal ya que, como hemos comentado, en toda época ha habido lamentos.

Debemos centrarnos en lo bueno que tenemos, que también lo hay, y poner remedio a aquello que nos aleja de la buena convivencia, que falta nos hace. Hoy más que nunca la globalización, favorecida por el uso de las nuevas tecnologías, ensalza valores como la tolerancia, la solidaridad, el respeto a la diversidad y la paz. Pero de poco nos sirve ensalzar esos valores universales si no somos capaces de manifestarlos a través de formas o comportamientos cotidianos que propicien la armonía que se consigue con la práctica de los mismos.

Actos cotidianos tan aparentemente sencillos como escuchar sin interrumpir; contestar sin gritar, insultar o menospreciar a los demás; agradecer un gesto amable; disculparse ante una falta o un descuido; reconocer una equivocación; o conceder a los demás el beneficio de la duda, siguen siendo en muchos casos una asignatura pendiente.

Costumbres o normas (aunque no estén escritas) como la de ceder el asiento a quien más lo necesita o saludar cuando llegamos a un sitio, revelan nuestra consideración hacia los demás. Una consideración que deberíamos mostrar en todos aquellos ámbitos en los que nos relacionamos, estableciendo o tratando de seguir pautas que favorezcan el entendimiento y el respeto mutuo, también en el mundo virtual donde las descalificaciones, reproches y humillaciones siguen siento tan graves como en el mundo “real” o no virtual.

La urbanidad, como conjunto de normas que facilitan la buena convivencia, sigue siendo una necesidad. Saber adaptar esas normas al tiempo que nos ha tocado vivir y expresarlas a través de unas determinadas formas, exige un esfuerzo común en el que todos deberíamos estar implicados y en el que el consenso debería ser fundamental. Quienes asumen la representación institucional de un colectivo o quienes adquieren la responsabilidad de educar, ya sea en el ámbito escolar, deportivo o familiar, deberían (o deberíamos) ser los primeros en poner en práctica esas formas sin las cuales esos valores, que hoy tanto proclamamos, como la paz, la tolerancia o la solidaridad, se quedan en simple teoría.

Feliz día

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Ética y Protocolo

 

que-es-la-etica-y-moral¿Nos hace el protocolo ser mejores personas? Sinceramente creo que no. Sí, lo sé, yo misma en más de una ocasión he ensalzado las bondades de esta disciplina convirtiéndola casi más un instrumento de paz que en la herramienta de comunicación que realmente es. Y es que, como toda herramienta de comunicación, el protocolo puede ser utilizado con fines más o menos honestos, donde la ética profesional no depende ya tanto de la disciplina o herramienta en sí, sino de la moralidad de las personas que hacen uso de ella.

El hecho de disponer de una serie de normas y conocer usos y costumbres que pueden favorecer el entendimiento en nuestras interacciones con los demás transmitiendo una imagen cordial (que nos puede abrir muchas puertas), no nos hace en sí ser seres bondadosos ajenos a cualquier interés que no sea la simple y pura filantropía.

Conocer las posibilidades que nos ofrece el protocolo como herramienta de comunicación que facilita nuestras relaciones a través del desarrollo de actos, en los que el uso adecuado de unos determinados símbolos y códigos de actuación nos da la posibilidad de transmitir la imagen que consideramos adecuada para cada situación, no nos convierte en referentes de virtud y en un modelo único a seguir. Simplemente tenemos la capacidad de crear unas condiciones favorables de entendimiento que después pueden ser utilizadas, bien o mal, según la moral de cada uno.

El protocolo puede crear esas condiciones favorables en las que reina la armonía, pero el trasfondo y los propósitos que oculta esa armonía no dependen ya de él si no de las personas que lo utilizan y, ahí, entra en juego la ética personal y profesional de quienes aprovechan ese ambiente favorable en beneficio propio o, por el contrario, con la intención de favorecer el bien común.

El protocolo puede ser un arma de doble filo porque bien utilizada puede crear las condiciones favorables para que en un encuentro fluya el respeto, la tolerancia y la cordialidad, pero si quienes participan en ese encuentro carecen de estos valores, utilizarán nuestra valiosa herramienta de comunicación en su propio beneficio desvirtuándola y atribuyéndole unas connotaciones negativas que no le son propias.

Así que tratemos al Protocolo en su justa medida sin atribuirle, tanto para bien como para mal, cualidades que son propias de las personas que lo utilizan. Y, sobre todo, quienes lo conocemos bien tratemos de utilizarlo para fines justos y no para enaltecer, sin más, unas “buenas” formas que de poco nos sirven si detrás no hay un buen fondo.

Imagen: abecepedia.com

 

La amabilidad no entiende de ideologías

Ayer, Gozarte recordaba en una red social la efeméride del asesinato de presidente del PP aragonés, Manuel Giménez Abad. Han pasado ya quince años, pero todavía recuerdo aquella tarde de domingo. Por aquel entonces era una de las guías del palacio de la Aljafería, un edificio de singular belleza en el que se encuentra la sede de las Cortes de Aragón.

Esa tarde no tuvimos muchas visitas, así que estábamos en la tienda del palacio (nuestra “sala de espera”) cuando recibimos la noticia. Fue impactante por muchos motivos, la frialdad, el momento escogido, el lugar y porque Manuel Giménez Abad iba acompañado de su hijo. La monotonía de aquella tarde se interrumpió trágica e inútilmente. Porque aquel asesinato, como tantos otros, fue un sinsentido.

No conocía personalmente a Manuel Giménez Abad, pero los que sí lo conocían de verdad coinciden en destacar que era un hombre bueno. Lo que sí recuerdo perfectamente es su sonrisa, una sonrisa que tan solo la amabilidad genera. Y lo recuerdo bien, porque él era uno de los pocos que, cuando pasaba por la taquilla en la que muchas veces nos tocaba estar repartiendo las entradas, saludaba, siempre saludaba.

Trabajar en el palacio de la Ajafería supone acompañar y guiar a personas muy diferentes. Entre las “autoridades” y “personalidades” con las que me tocó ejercer de cicerone recuerdo a presidentes autonómicos, ministros, consejeros, directores generales, escritores y artistas. Por supuesto también fui guía de todo tipo de grupos: niños de todas las edades, de colegios públicos, privados y concertados; adolescentes y universitarios, españoles y extranjeros; médicos, juristas, arquitectos, jubilados, amas de casa…y un largo etcétera de personas pertenecientes a asociaciones de lo más variopinto que podáis imaginar.

Bueno, pues entre tal variedad de grupos y personas, os aseguro que la amabilidad no entendía de ideologías, cargos, edad, sexo, condición social, regiones o países. Entre todas esas personas a las que me tocó guiar, bien de forma individual o en grupo, encontré gente amable, capaz de atender, sonreír, saludar y, en definitiva, capaz de mostrar consideración hacia la persona que les estaba acompañando. Y, por supuesto, encontré también todo lo contrario, personas altivas, inoportunas, distantes y, por qué no decirlo, mal educadas. Daba igual a qué grupo perteneciesen o qué cargo tuviesen, amabilidad y grosería, se repartía a partes iguales.

La amabilidad no es una cualidad innata, es un valor que hay que trabajar cada día, que implica un ejercicio diario hacia los demás y uno mismo de respeto, afecto, seguridad, naturalidad y honestidad. Hábitos sociales tan básicos como saludar, presentarse, escuchar, pedir las cosas por favor, dar las gracias o mostrar un mínimo de interés por lo que le sucede a quien tenemos enfrente, son rasgos propios de personas amables que hacen la vida agradable a quienes les rodean.

La sonrisa, la que es auténtica, no falla, delata a las personas amables, a aquellas que intentan serlo cada día independientemente de su situación personal, profesional, creencia o ideología. Y, esas sonrisas, las auténticas, las que no posan, son las que permanecen en nuestros recuerdos.

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M.Giménez Abad |Foto: Fudación Manuel Giménez Abad

 

Red o no red…esa no es la cuestión

La mayoría de nosotros, aunque no seamos conscientes de ello (o no queramos reconocerlo), pertenecemos a alguna red social. Y, no me estoy refiriendo exclusivamente a las redes que se forman en medios como facebook, twitter o linkedin, cuya dimensión y alcance ha hecho que se hayan adueñado de una denominación ya existente y utilizada de forma genérica para referirse a toda“estructura social compuesta por un conjunto de actores (tales como individuos u organizaciones) que están relacionados de acuerdo a algún criterio (relación profesional, amistad, parentesco, etc.)”.

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En principio, somos seres sociales y, salvo que decidamos retirarnos para vivir como ermitaños, prácticamente desde nuestro nacimiento comenzamos a generar redes sociales en el colegio, en el lugar de vacaciones, en las actividades extraescolares y, así continuamos a lo largo de nuestra vida, creando vínculos personales en torno a nuestro trabajo, aficiones o actividades varias.

Considerar la redes sociales como algo positivo o negativo en sí, no tiene ningún sentido, y menos hacerlo con los medios donde se generan estas redes, ya sean online u offiline. Cada vez son más los estudios que avalan los beneficios que aportan a nuestro bienestar las relaciones sociales. Compartir emociones, experiencias, intercambiar opiniones, consejos, o recibir ayuda y asistencia en determinados momentos, pueden ser factores claves en el desarrollo de una vida saludable.

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El nivel de implicación interpersonal que establecemos en las redes sociales puede verse propiciado por un determinado contexto, pero no hay duda de que en el fondo somos nosotros (o deberíamos ser) quienes establecemos esas relaciones. Y, de nosotros depende que éstas sean o no de calidad, por tanto, beneficiosas. Valores como la tolerancia, el respeto, la honestidad, la confianza, la prudencia, la libertad; junto con la adecuada gestión de nuestras emociones, contribuyen al fortalecimiento de esas relaciones que nos hacen sentir bien y crecer como personas.

Trabajar en aquello que favorece las relaciones de calidad es tarea de todos y cada uno de nosotros. Culpar a los medios en abstracto, ya sean facebook, wasap o la comunidad de vecinos, sirve de poco. Tratar de evitar aquello que también puede generar algo muy positivo no soluciona un problema de fondo que va más allá del hecho de formar parte o no de una determinada red social.

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Por tanto, deberíamos ser consecuentes con nuestras decisiones, asumir nuestros aciertos o errores y mantener una actitud positiva y de superación, independientemente de que otros no la tengan. Eso es lo que realmente hace que las relaciones sociales generadas en las redes sean positivas. Y, ese beneficio es tan saludable y gratificante que sería poco práctico no formar parte de las mismas, eso sí, siempre siendo conscientes y libres a la hora de elegir nuestra manera de estar o no en ellas.

 

La tolerancia cuanto más cerca…mejor

En nuestro afán por aclarar el significado del protocolo, hemos apelado en más de una ocasión a la labor que desempeñan los profesionales de esta materia, poniendo de manifiesto que sus funciones no se reducen a “llamar la atención” de quien incumple los básicos de la buena educación en un acto público, o con indicar si el largo de la falda  es el adecuado o no para asistir a una determinada ceremonia.

Y es que, como comentaba hace un tiempo, “quienes trabajan o hemos trabajado en Protocolo (en global) hemos ordenado, ubicado, acompañado, asesorado, organizado, gestionado…símbolos, autoridades, personalidades, invitados, actos, ceremonias, eventos…Sí, sí todo eso con el fin de propiciar encuentros, relaciones, reuniones entre instituciones, empresas, organismos…dónde fluya la comunicación, tratando de evitar que no se “rompa” nada.”

https://protocolarte.wordpress.com/2013/11/18/explicar-que-es-protocolo-todo-un-arte/

Desempeñar estas funciones requieren algo más que sentido común (por otra parte, del todo imprescindible). Afortunadamente, hoy contamos con una formación de calidad en forma de grado y otras titulaciones universitarias, impartidas por excelentes profesionales que en su día aprendieron, como dice Javier Carnicer*, “poniéndose coloraos”. En ese aprendizaje práctico no ha faltado el rigor, la técnica, el conocimiento y la aplicación de la normativa existente, así como la incorporación de nuevas tecnologías y disciplinas que han mejorado y mejoran día a día la profesión, haciéndola merecedora de una formación universitaria de calidad.

La historia avala una disciplina que ha sabido adaptarse a cada época. Una profesión consolidada que ha generado una formación de calidad adaptada a sus necesidades.

La historia avala una disciplina que ha sabido adaptarse a cada época. El trabajo de un profesional de protocolo exige una formación de calidad acorde con las funciones que debe realizar.

Sin embargo, hoy no voy a hablar de esa formación (imprescindible para llegar a ser un buen profesional de protocolo), sino de una de las muchas cualidades que debe poseer (y ejercitar) quien quiera dedicarse a esta disciplina: la tolerancia. Respetar las creencias y prácticas de los demás es fundamental a la hora de favorecer la interacción entre diferentes personas o “personalidades”, instituciones, entidades u organismos. Si como apuntábamos, uno de los fines de nuestra profesión es propiciar que “fluya la comunicación”, deberemos, en primer lugar, conocer bien las creencias, tradiciones y costumbres de nuestros anfitriones, invitados y, en definitiva, de todas las personas implicadas en nuestro trabajo para, de este modo, poder actuar en consecuencia con el máximo respeto hacia las mismas (por supuesto, siempre que estás no atenten contra nuestra dignidad y respeten, a su vez, nuestros derechos básicos como personas).

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El comisario de la Exposición Internacional de Zaragoza 2008 visitando el pabellón de Nepal durante la celebración de su día nacional. Más de cien países, con diferentes culturas y creencias, convivieron de forma respetuosa en un mismo recinto durante el tiempo que duró la exposición

El ejercicio de esta cualidad no es sencillo, en este caso no hay una formación específica (aunque hoy en día en diversos ámbitos académicos nos lo “vendan” como estandarte de su excelencia). Este tipo de valores no se adquieren en un mercado, ni tan siquiera se aprenden en un curso académico. En realidad, nunca se aprende del todo el ejercicio de la tolerancia. En ocasiones lo añadimos a nuestra lista de virtudes por considerar que somos capaces de “tolerar” otras culturas tan distantes a la nuestras, que pocas veces nos vemos en la situación de convivir con ellas. La tolerancia en la distancia, y en momentos puntuales (lo justo para salir en una foto), es fácil de cumplir. Sin embargo, respetar a quien supuestamente tiene nuestra misma cultura pero ciertas costumbres y prácticas no idénticas a las nuestras…¡ay! eso es más complicado. En cuestión de protocolo podríamos citar infinitos ejemplos donde, simplemente, decidir quien ocupa la presidencia de un acto en el que participan autoridades de una misma ideología pero de diferentes instituciones, es más complicado que organizar una cumbre internacional. El responsable de protocolo no solo debe ser tolerante con las creencias de los demás sino, además, tiene que saber lidiar con la intolerancia de muchos que dificultan su trabajo y, por supuesto, con la suya propia que también se rebela de vez en cuando (por supuesto, frente a quien tenemos más cerca).

Salir en una foto no nos hace ser más tolerantes...|ABC

Salir en una foto no nos hace ser más tolerantes…|ABC

La tolerancia implica reflexión, conocimiento, aceptación, escucha, humildad, respeto y, principalmente, la capacidad de reconocer y aceptar, también, nuestra propia intolerancia. Tan solo partiendo de este reconocimiento, podremos aspirar a ser algo más tolerantes pero, eso sí, no hay que irse muy lejos para practicar el ejercicio de la tolerancia, cuanto más cerca…mejor.

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* Jefe de Protocolo de las Cortes de Aragón, Jefe de Relaciones Institucionales de la Exposición Internacional de Zaragoza 2008 y excepcional docente con quien he tenido la suerte de trabajar y aprender.

Cualquier tiempo pasado fue..

Sinceramente, creo que ni mejor ni peor, simplemente…diferente. Con buenos y malos momentos, con distintas circunstancias por ser diferentes épocas y, también, con distintas circunstancias para quienes vivieron en una misma época, igual que sucede ahora.

imagesSin embargo, todos tenemos cierta tendencia a recordar, afortunadamente, los buenos momentos. Nos gusta “alardear” de como sabíamos divertirnos antes, a pesar de no tener tantos medios como ahora. Éramos intrépidos, aventureros, imaginativos, solidarios…Nuestros padres no estaban tan pendientes de nosotros, nos dejaban mucha más libertad y, sin embargo, nos educaban mucho mejor y con menos recursos, información y formación que los padres de hoy en día. En la escuela éramos más respetuosos, responsables y aplicados…¡Ay! ¡Qué bien lo hacíamos todo!niños-de-los-70Lástima que ahora los niños son unos consentidos, maleducados, irresponsables…no valoran el esfuerzo, ni siquiera tienen valores. Pero claro, ellos no son culpables, molestos sí, pero culpables no. La culpa la tienen los padres que no saben educar y “crían” pequeños salvajes que interrumpen constantemente a la gente de bien. Menos mal que esos niños nunca son los nuestros, por supuesto, siempre son los de los demás. Y los padres que no saben educar no somos nosotros, ni nuestros hermanos, amigos o esa gente estupenda de la que nos rodeamos. Somos tan afortunados por haber tenido una infancia tan instructiva y haber sido tan bien educados…y, a la vez, tan desafortunados al encontrarnos hoy, justo, con aquellos cuyo tiempo pasado debió ser…peor, mucho peor, porque no dejan de molestarnos constantemente con su actitud “egoísta”. Claro, a ellos, a los ignorantes, jamás les debieron explicar eso de nunca se dice “yo y tú”, recuerda, “el burro por delante para que no se espante”. Nosotros como éramos tan aplicados nos aprendimos muy bien la gramática, pero…¿la práctica?.

Grabado de la serie Los Capichos de Goya.

Grabado de Goya

Ahora en serio, sinceramente creo que algo falla. No puede ser que “nosotros” (padres, hijos, hermanos, profesores, amigos) seamos los únicos que hemos recibido y, seguimos manteniendo, una buena educación, con sólidos valores e inquebrantable. Si realmente comprendiésemos que lo correcto es “tú y yo” (y no me refiero únicamente a la gramática) pienso que la convivencia sería más agradable para todos.

“Yo tengo más prisa”, “yo estoy más cansado”, “yo tengo una misión más importante”, “yo lo merezco más”…y, por eso, “yo” adelanto dónde sea empujando a quien sea, “yo” no me levanto de mi asiento, “yo” no me aparto de mi camino, “yo” no sujeto puertas…Por que “yo” soy muy educado y, sin embargo, “tú”…¿quién eres tú?.

mafaldaCualquier tiempo pasado…fue. Ahora es nuestro presente y, entre todos, deberíamos hacer que fuese mejor… “tú y yo”.

Feliz día

Para los despistados….

Cuando dices que te dedicas al protocolo, generalmente, suelen hacerte preguntas sobre como se utilizan los cubiertos en la mesa (os recomiendo el artículo de Protocolovista sobre este tema), o cual es la indumentaria más adecuada para asistir a una determinada ceremonia. Pocas veces te preguntan acerca de cómo se decide el orden de intervención de los discursos en un acto, o que aspectos relacionados con la seguridad se tienen en cuenta en la organización de un evento. Como ya he explicado en alguna ocasión, se suelen reducir las funciones del protocolo a las propias de la etiqueta, preferentemente a los usos y costumbres en la mesa y códigos de vestimenta. Unos usos y costumbres que no son inamovibles y que de hecho van cambiando, adaptándose a nuevas necesidades, sin que esto suponga perder la buena educación que nos permite estar en armonía con los demás.

Diversos tratados infantiles sobre cortesía, urbanidad y buenos modales (siglos XIX y XX)

Diversos tratados infantiles sobre cortesía, urbanidad y buenos modales (siglos XIX y XX)

No creo que habitualmente nos veamos obligados a pelar una manzana con cuchillo y tenedor (aunque nunca está demás saber hacerlo) o a tener que realizar una reverencia ante una miembro de la Familia Real, de hecho, si se diese la ocasión de tener que saludarles, me atrevería a aconsejar que siempre es mejor la naturalidad de un apretón de manos a un saludo artificial que nos haga sentir incómodos.

Su Alteza Real el Príncipe de Asturias saludando a un grupo de voluntarios de Expo Zaragoza 2008.

Su Alteza Real el Príncipe de Asturias saludando a un grupo de voluntarios de Expo Zaragoza 2008.

Y es que a veces nos preocupamos en exceso sobre como comportarnos en determinadas ocasiones y, sin embargo, olvidamos con frecuencia aspectos básicos de la buena educación, imprescindibles en nuestra vida cotidiana.

No hace falta dedicarse al protocolo para darse cuenta de que antes de entrar hay que dejar salir; o que si te paras a hablar con alguien en medio de una puerta estás impidiendo el paso. Son solo algunos de los obstáculos que debo sortear cada día y, esto sí, es habitual. Cuando vas solo suele ser algo más sencillo superar estas “barreras” humanas pero si vas con dos niños pequeños y los correspondientes complementos (silla, patinete, mochilas…) cuesta seguir adelante, ni siquiera un potente “PERDÓN, DISCULPEN” puede apartar de “su sitio” a quienes hablan entusiasmados de lo humano y lo divino.

Antes de entrar dejen salir...|librodearena.com

Antes de entrar dejen salir…|librodearena.com

Son pequeños detalles de nuestro comportamiento en los que anteponemos nuestra comodidad o conveniencia a las necesidades del resto. En esta vida ajetreada que llevamos quiero pensar que no es la mala educación o un marcado sentimiento de “ombligo del mundo” el que nos lleva a anteponer nuestras “necesidades” a las de los demás, seguramente esta falta de cortesía se debe simplemente al despiste. Sí, sí somos tan despistados…por eso, de vez en cuando, me gusta recordar esas palabras mágicas que nunca deberían faltar en nuestro día a día, y que, indudablemente, no deben quedar se en simples expresiones sino acompañar nuestra actitud hacia los demás: “Buenos días, tardes…”; “Gracias”; Por favor”; “Lo siento”…Quizá por ser algo tan obvio lo omitimos sin darnos cuenta de que nunca se deben dar por supuestas. Si junto a estas expresiones mostramos nuestra mejor sonrisa, seguramente esas “barreras” de las que hablaba comenzarán a desaparecer.

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Así que, a intentar no “despistarse”…

¡Buenos días y feliz miércoles!