Protocolarte se toma una pausa

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Tras un periodo de reflexión creo que ha llegado el momento de declarar a Protocolarte en pausa. No quiero poner punto y final porque, de momento, no siento la necesidad de dar fin a un proyecto que surgió por amor al arte del protocolo y ante el deseo de comunicar aquellos contenidos que ya no podía compartir con mis alumnos. Quedarme sin trabajo me llevó a crear este blog que tantas satisfacciones me ha dado desde que comencé a escribir allá por 2013.

Poder expresar y compartir mi visión del mundo del protocolo con compañeros de profesión, muchos de ellos ahora amigos, ha sido, sin duda, de lo más gratificante. También lo ha sido la oportunidad de acercar y dar a conocer esta disciplina a quienes son más o menos ajenos a este mundo pero tienen cierta curiosidad y ganas de aprender un poquito con quienes intentamos desmontar algunos de esos tópicos que amenazan diariamente al protocolo, como quienes pretenden o creen “romperlo” sin conseguirlo, o quienes lo reducen a una serie de normas de educación, muy necesarias pero que no ponen de manifiesto todas las funciones que debe desempeñar un buen profesional de protocolo.

Pero hoy no toca aclarar conceptos; explicar cómo se organiza un acto, una ceremonia o un evento; o manifestar la pasión y el respeto que sigo sintiendo por una disciplina que conocí gracias a grandes profesionales que siguen demostrando su valía con su esfuerzo diario.

Hoy toca dedicar mi esfuerzo y mis reflexiones a otras actividades que requieren un tiempo que me impide mantener la dedicación que este blog y, sobre todo, vosotros, mis lectores, merecéis. No os dejo huérfanos de contenidos sobre protocolo, hay excelentes blogs que siguen al pie del cañón, algunos llevan más tiempo que yo escribiendo y otros han ido surgiendo durante estos años. No citaré ninguno porque no quiero dejarme a nadie, pero seguro que quienes me seguís en redes sociales habréis comprobado mis debilidades o afinidades protocolarias.

Seguiré leyendo a mis compañeros, pero la pausa de Protocolarte se hace extensible a aquellas redes en las que estoy, no desaparezco definitivamente, creo sinceramente en ellas como medio necesario de interacción y comunicación pero ahora, como os comentaba, necesito dedicar tiempo y atención a otras actividades ajenas a ellas y mi participación en las mismas va a ser muy limitada.

No quiero que este artículo suene a despedida, no lo es, es tan solo una pausa, un hasta pronto amigos.

Muchas gracias por estar ahí,

Belén Egea

 

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All you need is love…¡Feliz 2018!

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Sí, si, ya sé que nuestros deseos de paz, amor y felicidad deberían mantenerse durante todo el año, es más, lo que deberían es hacerse realidad y no tener que desearlos. Pero, lo confieso, no puedo evitar, en estas fechas, sentir esa necesidad de desearlos con más fuerza. Será por contagio, “presionada” por la publicidad o condicionada por el entorno, no lo sé, pero es así y, no creo que sea malo.

Agradezco todas las felicitaciones que recibo, de la manera que sea, más o menos personales, llamadas, correos, mensajes…todo es bienvenido en estas fechas. También las comidas familiares, encuentros con amigos que están lejos y, con los que tienes cerca. Sí, también en ocasiones me quejo de los excesos – demasiada comida, demasiados regalos…- pero, en el fondo, me gusta, me encanta compartir todos esos momentos estos días, en los que la nostalgia, la ilusión y las buenas vibraciones se entremezclan por igual.

Por eso no quiero dejar de desear, de felicitar y de recibir felicitaciones en las que la paz, la felicidad y el amor lo inundan todo.

Porque, en definitiva, eso es lo que mueve el mundo, lo que hace que sigamos en pie a pesar de nuestros errores, que son muchos. Pero que queréis que os diga, sigo confiando en el mundo, en todos vosotros y muy especialmente, en quienes todavía tienen mucho que decir. Por eso este año mi felicitación parte de ellos y va dedicada a todos:

All you need is love

¡Feliz Año Nuevo!

 

Un poco de urbanidad…por favor

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El hecho de que muchos asocien el término “urbanidad” a una serie de normas establecidas en una determinada época ya pasada, no debería hacernos perder de vista la necesidad de seguir estableciendo una serie de pautas que pongan de manifiesto el respeto que debemos a los demás y a nosotros mismos si queremos que la convivencia en sociedad sea positiva.

Es evidente que la sociedad ha cambiado y que pautas y costumbres que en otra época facilitaban esa convivencia ahora son impensables. Pero la urbanidad, como conjunto de reglas o convenciones que propician una interacción social positiva, donde la ofensa y la humillación no tienen cabida, sigue siendo imprescindible.

De hecho, aunque ya no se use tanto el término, si que sigue existiendo una preocupación por la buena educación (o por la falta de ella), preocupación que ha sido constante a lo largo de la historia, ya que parece ser que tenemos cierta tendencia a pensar aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” y que la urbanidad o buena educación siempre están en crisis.

Esa crisis tiene de positivo el hecho de que hay una necesidad constante de mejorar nuestro comportamiento y, de negativo, que pone de manifiesto la existencia de maneras de actuar que no favorecen la convivencia. Empeñarnos en lamentar nuestra falta de civismo apelando a un pasado “ideal” de poco sirve, teniendo en cuenta además, que ese pasado no debía ser ni más ni menos ideal ya que, como hemos comentado, en toda época ha habido lamentos.

Debemos centrarnos en lo bueno que tenemos, que también lo hay, y poner remedio a aquello que nos aleja de la buena convivencia, que falta nos hace. Hoy más que nunca la globalización, favorecida por el uso de las nuevas tecnologías, ensalza valores como la tolerancia, la solidaridad, el respeto a la diversidad y la paz. Pero de poco nos sirve ensalzar esos valores universales si no somos capaces de manifestarlos a través de formas o comportamientos cotidianos que propicien la armonía que se consigue con la práctica de los mismos.

Actos cotidianos tan aparentemente sencillos como escuchar sin interrumpir; contestar sin gritar, insultar o menospreciar a los demás; agradecer un gesto amable; disculparse ante una falta o un descuido; reconocer una equivocación; o conceder a los demás el beneficio de la duda, siguen siendo en muchos casos una asignatura pendiente.

Costumbres o normas (aunque no estén escritas) como la de ceder el asiento a quien más lo necesita o saludar cuando llegamos a un sitio, revelan nuestra consideración hacia los demás. Una consideración que deberíamos mostrar en todos aquellos ámbitos en los que nos relacionamos, estableciendo o tratando de seguir pautas que favorezcan el entendimiento y el respeto mutuo, también en el mundo virtual donde las descalificaciones, reproches y humillaciones siguen siento tan graves como en el mundo “real” o no virtual.

La urbanidad, como conjunto de normas que facilitan la buena convivencia, sigue siendo una necesidad. Saber adaptar esas normas al tiempo que nos ha tocado vivir y expresarlas a través de unas determinadas formas, exige un esfuerzo común en el que todos deberíamos estar implicados y en el que el consenso debería ser fundamental. Quienes asumen la representación institucional de un colectivo o quienes adquieren la responsabilidad de educar, ya sea en el ámbito escolar, deportivo o familiar, deberían (o deberíamos) ser los primeros en poner en práctica esas formas sin las cuales esos valores, que hoy tanto proclamamos, como la paz, la tolerancia o la solidaridad, se quedan en simple teoría.

Feliz día

Cine y Protocolo: El discurso del Rey

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Quienes seguís Protocolarte desde hace tiempo sabéis que uno de mis temas favoritos es la comunicación, en especial, todo lo relacionado con la comunicación oral. Por ese motivo, han sido varios los artículos dedicados a este tema.

Me preocupaba y me sigue preocupando el hecho de que “hablar en público” siga siendo nuestra “asignatura pendiente”. Aunque, sin duda, creo que va mejorando la concienciación sobre este tema y que, cada vez, se van dando más acciones encaminadas a suplir esta carencia.

Y es que esta labor de expresar oralmente aquello que queremos comunicar, debe comenzar desde nuestra más tierna infancia e ir adaptándose a cada etapa educativa. Potenciando en los chavales una habilidad que puede desarrollarse a base de esfuerzo, trabajo, constancia y comprensión, y que es imprescindible para desenvolverse en cualquier ámbito de la vida, tanto en el personal como en el profesional. Hablar en público, debería ser una asignatura obligatoria”

Hoy en día nadie pone en duda “el valor de la comunicación oral”, el poder que nos otorga un buen discurso, pero precisamente por ese poder que tiene deberíamos ser cuidadosos con aquello que decimos y utilizar buen nuestras habilidades comunicativas, no solo para beneficio propio sino sin dejar de lado el componente ético que debería formar parte de todo buen discurso.

Ya que “ese poder que nos otorga la oratoria lleva aparejada una gran responsabilidad. En el “mundo real” nunca debemos perder de vista la ética, es decir, debemos ser conscientes de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que favorece únicamente nuestros intereses personales o de aquello que fomenta la solidaridad y el respeto hacia los demás.”

Hablar en público es una habilidad que requiere trabajo, esfuerzo, constancia y un proceso de aprendizaje en el que intervienen múltiples factores: capacidad de adquirir seguridad y confianza en uno mismo; habilidad de elaborar un discurso bien estructurado; capacidad de adaptación a diferentes públicos; dicción y modulación de la voz; utilización del lenguaje corporal; de soportes de apoyo…Diversos factores que no dependen únicamente de la capacidad o aparente “facilidad” que puedan tener ciertas personas a la hora de hablar en público, sino que, como ya señalaba, bien trabajados pueden aportarnos (incluso a quienes nunca nos atrevíamos a levantar la mano en clase)  la capacidad de adquirir una habilidad totalmente necesaria en un mundo en el que la comunicación es un valor en alza.

Por ese motivo, porque creo sinceramente en el valor de la comunicación oral, este martes no me voy a perder la tercera sesión del Ciclo: Cine y protocolo, en la que se va a proyectar la película “El discurso del Rey”. El coloquio será moderado por Fernando Latorre, miembro de la delegación de la Asociación Española de Protocolo en Aragón y responsable de la Oficina Universitaria de Atención a la Diversidad, y se tratarán todos aquellos aspectos necesarios para conseguir una Comunicación eficaz.

Para más información consultar aquí.

 

 

 

Cine y Protocolo

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Gracias a la magia del cine podemos viajar en el tiempo, acercarnos a lugares lejanos o imaginarios, conocer otras culturas, diferentes formas de pensar o actuar y, curiosamente, idénticas formas de sentir. El buen cine provoca en nosotros diversas emociones: rabia, tristeza, ira, alegría, miedo, pasión, ternura…Un sinfín de sensaciones que merece la pena experimentar porque solo, de esa forma, seremos capaces de poder comprender a quienes sentíamos diferentes o distanciarnos de quien creíamos ser semejantes.

Nuestros viajes en el tiempo, el descubrimiento de otras culturas y personajes capaces de mostrarnos realidades tan aparentemente distantes como íntimamente cercanas, nos brinda la maravillosa oportunidad de aprender y, por tanto, de crecer como personas.

El cine puede ser un estupendo recurso didáctico con el que aprender historia, literatura, economía, ciencia y, por que no, Protocolo.

Hay magníficas películas que nos permiten aproximarnos a un mundo, el del Protocolo, que todavía sigue siendo desconocido o mal entendido por muchos. Quedarse en la superficie de una disciplina que, bien utilizada, puede favorecer una comunicación capaz de posibilitar una interacción favorable y beneficiosa para diversos interlocutores, requiere un ejercicio de comprensión, estudio, reflexión, trabajo y dedicación, que no siempre vemos reflejado en los medios los profesionales de Protocolo.

La tan recurrente expresión “romper el protocolo” o el hecho de presumir de “saltárselo” denotan, para quienes hemos hecho el esfuerzo de formarnos en esta disciplina, cierta ignorancia o, lo que es más grave, arrogancia por parte de quien la utiliza. Sobre nosotros también recae la responsabilidad de no culpabilizar a quien por ignorancia manifiesta estas expresiones, tratando de aclarar las veces que sea necesario que el Protocolo es, nada más y nada menos, una herramienta de comunicación que utiliza y trata de poner en orden símbolos y pautas de actuación con el fin de transmitir un mensaje. Se basa en normas, tradiciones y costumbres que no son impuestas por el “Protocolo” -como si de un ser superior se tratase- sino por personas que, como representantes de una institución, entidad o colectivo, necesitan utilizar una serie de símbolos o gestos pautados que ponen de manifiesto y refuerzan esa identidad necesaria que todo colectivo necesita para sentirse parte de un todo.

Gestos de respeto, gratitud, deferencia, distanciamiento o cercanía, que se traducen en la forma de colocar una bandera, ocupar un determinado lugar en una mesa, escoger el momento adecuado en la intervención de un discurso o gestionar todos y cada uno de los aspectos relacionados con la organización de un evento. Una traducción que constituye el reflejo de las funciones encomendadas a aquellos que se dedican a la compleja labor de aplicar adecuadamente el Protocolo.

El “Protocolo” o sus profesionales no imponen costumbres o tradiciones, tan solo tratan de utilizar los recursos apropiados que pongan de manifiesto las mismas con el propósito de favorecer el encuentro entre dos partes. Por eso, el protocolo es capaz de adaptarse a los cambios necesarios que la lógica evolución del tiempo y las personas provoca en ciertas costumbres y tradiciones, que se van modificando con el fin de salvar esos desencuentros que dificultan la interacción entre las personas. Cambios que solo tienen sentido si son guiados por la reflexión, la prudencia y el consenso que nos permite evolucionar sin perder nuestra esencia.

Quedarnos, sin más, en la apariencia final de la celebración de un determinado acto, nos puede hacer perder la perspectiva de todo el trabajo de reflexión, estudio, análisis de objetivos, coordinación, previsión de material y personal, montaje de escenario, pruebas, ensayos…que hay detrás de cualquier evento.

Poder vivir en primera persona lo que el trabajo de Protocolo supone, no siempre está al alcance de todos, por eso, el cine, es una magnífica oportunidad para acercarse a un mundo tan apasionante como desconocido. Por eso, desde la Delegación de la Asociación Española de Protocolo en Aragón, hemos pensado que organizar un Ciclo de Cine y Protocolo, puede ser la forma de dar a conocer una herramienta de comunicación que bien utilizada puede ser realmente valiosa.

Con este propósito hemos seleccionado tres películas: The Queen; Vatel ; y El Discurso del Rey, que abordan todos los aspectos anteriormente mencionados, y que nos van a permitir adentrarnos en esos momentos de reflexión, dudas, encuentros y desencuentros, consenso, determinación, trabajo, en definitiva, en todo un proceso necesario que nos hará comprender mejor en que consiste el Protocolo.

Os invitamos a participar en este ciclo de cine, que con tanta ilusión hemos preparado, para descubrir y compartir con todos vosotros el apasionante mundo del Protocolo.

CICLO: CINE Y PROTOCOLO

Proyección: The Queen.

  • Antonio Rodríguez de Rivera, Jefe de Relaciones Institucionales y Protocolo de la Delegación del Gobierno en Cataluña. Modera: Belén Egea. Licenciada en Historia del arte y especialista universitario en Protocolo y Ceremonial.
  • 14 de noviembre, 18.30 h.
  • Más información e inscripción, pincha aquí.

Proyección: Vatel.

  • María Jesús Serrano, de la empresa Ideas a Mares. Beatriz Freixas. Técnico de Protocolo en el Ayuntamiento de Zaragoza.
  • 21 de noviembre, 18.30 h.
  • Más información e inscripción, pincha aquí.

Proyección: El discurso del Rey.

  • Ricardo Pereda. Presidente DIRCOM Aragón. Modera:Fernando Latorre. Responsable de la Oficina Universitaria de Atención a la Diversidad. Experto en Protocolo
  • 28 de noviembre, 18.30 h.
  • Más información e inscripción, pincha aquí.

 

Protocolarte ZGZ en el estreno de Terrenal

Ayer tuve la gran fortuna de poder asistir al estreno de Terrenal, la nueva producción de LaMov, compañía de danza que surgió en 2008 bajo la dirección de Víctor Jiménez, -coreógrafo y bailarín con una dilatada trayectoria profesional en el mundo de la danza- y que cuenta desde 2017 con el apoyo del Gobierno de Aragón, siendo LaMov-Compañía Aragonesa de Danza.

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LaMov durante una actuación en la IAACC Pablo Serrano |Foto: @abegea

Resulta complicado expresar únicamente con palabras lo que ayer supuso, para quienes presenciamos el estreno, adentrarnos en el mundo de Terrenal. Partiendo de un argumento inspirado por la experiencia personal de la enfermedad de un amigo, Terrenal consigue a través del perfecto ensamblaje de todas sus piezas -bailarines, diseñadores, técnicos, escenografía, música, iluminación, vestuario, producción – provocar sensaciones, tan contradictorias como necesarias, para aferrarse a una vida donde el amor y la amistad son capaces de redimirnos y liberarnos del borde del abismo.

foto Pedro Etura

Cartel de Terrenal|Imagen:@LaMovDanza (Fotografía de Pedro Etura)

En un marco incomparable como es el escenario del Teatro Principal de Zaragoza, la belleza de los movimientos de los bailarines sutilmente iluminados y acompañados por la vibración de una sensacional música , se fusionó perfectamente con un espacio, el de un teatro, que fue capaz de resurgir de sus cenizas para ir dando forma durante cerca de doscientos años, a un edificio lleno de historia, belleza y, en definitiva, vida. Una vida que han ido construyendo quienes no renuncian al arte como alimento del alma.

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Ensayo de Terrenal en el escenario del Teatro Principal de Zaragoza |Imagen: @LaMovDanza

Gracias al estreno de Terrenal, amantes de la cultura, la belleza y la danza se dieron cita en un espacio singular, para disfrutar de un canto a la esperanza, al amor y a la amistad. Un canto a la esperanza que ayer, 19 de octubre Día contra el Cáncer de Mama, hizo, aun si cabe, más especial este estreno.

Nuestro primer Campus de Protocolo

Tras la vorágine de los preparativos de la vuelta al cole y las intensas emociones vividas lo primeros días del inicio de un nuevo curso, poco a poco, vamos retomando la calma y estableciendo esas necesarias rutinas a la que dimos vacaciones este verano.

Atrás quedaron las tardes de piscina, los baños en la playa, las fiestas de verano y las mil y una aventuras que propipicia un periodo en el que los más pequeños disponen de mucho tiempo libre o, más bien, de tiempo libre de cole. Porque en este ritmo frenético de vida que llevamos a veces es complicado que incluso, ellos, los más pequeños no puedan disfrutar de la sensación de no tener nada programado, de dejarse llevar por la imaginación que surge tras esos momentos de sano aburrimiento, y que parece que hoy en día no nos podemos permitir.

En nuestro caso hemos tenido la suerte de tener tiempo para todo, hasta para aburrirnos, pero también para poner en marcha nuestra imaginación y aprender jugando un poquito de protocolo. Dado que, en nuestro entorno, a pesar de disponer de una variadísima oferta de campus, no encontramos ninguno específico de protocolo, decidimos montar nuestro propio Campus de Protocolo…en casa.

Siempre tengo  muy presentes las palabras que escuché en uno de mis primeros cursos de protocolo, mencionadas por uno de los pioneros en cuestión de formación universitaria en esta disciplina y gran profesional de la materia, Don Felio Vilarrubias, quien nos recalcaba que no habíamos ido allí aprender buenos modales porque éstos se daban por supuestos. Por ese motivo, traté de aplicar este lema en nuestro campus y no caer en le tópico de limitarme a enseñar únicamente buenos modales, tratando de centrarme en explicar de forma amena qué es realmente esto del protocolo.

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Como no podía ser de otra manera comenzamos por lo más básico: el orden. Pero no penséis que hablamos de precedencias y Real Decreto, eso ya llegará. Se trataba de entender la importancia que tiene el orden para todo, desde para poder encontrar nuestros juguetes hasta para poder subir en el autobús sin empujarnos unos a otros, y, por supuesto, imprescindible para poder organizar cualquier celebración, ya sea nuestra fiesta de cumpleaños o las olimpiadas escolares. Nuestra primera misión fue ordenar nuestras cosas: pinturas de madera, rotuladores, ceras, pegatinas, cartulinas de colores…Cada cosa en su sitio, para poder pasar a la siguiente misión. Una misión donde la creatividad y la imaginación, algo que no está reñido con el orden, eran absolutamente necesarias.

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Se trataba de crear un país imaginario donde nuestros muñecos podrían tener sus propios eventos y ceremonias a las que invitarían posteriormente a los vecinos de otro país imaginario. Como todo país imaginario, los nuestros, además de tener la posibilidad de llevar a cabo sus propias celebraciones, debían tener un símbolo que representase a todos sus habitantes, un símbolo que estaría presente en sus celebraciones y, tal y como indica la cortesía, también en las ceremonias en las que participase el país vecino. Por eso, decidimos hacer un taller de banderas para las que fue necesario utilizar el material que habíamos ordenado y clasificado previamente: pinturas, cartulinas, purpurina…y todo lo que nuestra creatividad permitiese.

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Teníamos nuestros países en marcha, nuestras banderas y unos pequeños habitantes que estaban deseando celebrar competiciones deportivas, desfiles, bailes y hasta un banquete. Así que nos pusimos manos a la obra y decidimos qué tipo de acto queríamos celebrar, cuándo, en qué lugar y a quién íbamos a invitar. Tras decidir cómo iba a ser, llegó el momento de materializar nuestras propuestas diseñando y creando nuestras invitaciones y programas.

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Y, por fin, llegó el día de la celebración. Nuestros escenarios montados, cada muñequito en su sitio preparado para recibir a sus vecinos, las banderas bien colocadas, los trofeos preparados para ser entregados a los ganadores del partido, la mesa dispuesta para la celebración del banquete posterior y, nosotros, organizándolo todo como buenos “protocoleros”.

banquete

 

Todo trascurrió sin incidentes, fueron unos días intensos, en los que no faltaron las dificultades que finalmente fueron superadas con trabajo, creatividad, imaginación y, sobre todo, buena disposición y ganas de saber un poquito más que es esto del protocolo de lo que tanto habla mamá.

Feliz día