Cine y Protocolo

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Gracias a la magia del cine podemos viajar en el tiempo, acercarnos a lugares lejanos o imaginarios, conocer otras culturas, diferentes formas de pensar o actuar y, curiosamente, idénticas formas de sentir. El buen cine provoca en nosotros diversas emociones: rabia, tristeza, ira, alegría, miedo, pasión, ternura…Un sinfín de sensaciones que merece la pena experimentar porque solo, de esa forma, seremos capaces de poder comprender a quienes sentíamos diferentes o distanciarnos de quien creíamos ser semejantes.

Nuestros viajes en el tiempo, el descubrimiento de otras culturas y personajes capaces de mostrarnos realidades tan aparentemente distantes como íntimamente cercanas, nos brinda la maravillosa oportunidad de aprender y, por tanto, de crecer como personas.

El cine puede ser un estupendo recurso didáctico con el que aprender historia, literatura, economía, ciencia y, por que no, Protocolo.

Hay magníficas películas que nos permiten aproximarnos a un mundo, el del Protocolo, que todavía sigue siendo desconocido o mal entendido por muchos. Quedarse en la superficie de una disciplina que, bien utilizada, puede favorecer una comunicación capaz de posibilitar una interacción favorable y beneficiosa para diversos interlocutores, requiere un ejercicio de comprensión, estudio, reflexión, trabajo y dedicación, que no siempre vemos reflejado en los medios los profesionales de Protocolo.

La tan recurrente expresión “romper el protocolo” o el hecho de presumir de “saltárselo” denotan, para quienes hemos hecho el esfuerzo de formarnos en esta disciplina, cierta ignorancia o, lo que es más grave, arrogancia por parte de quien la utiliza. Sobre nosotros también recae la responsabilidad de no culpabilizar a quien por ignorancia manifiesta estas expresiones, tratando de aclarar las veces que sea necesario que el Protocolo es, nada más y nada menos, una herramienta de comunicación que utiliza y trata de poner en orden símbolos y pautas de actuación con el fin de transmitir un mensaje. Se basa en normas, tradiciones y costumbres que no son impuestas por el “Protocolo” -como si de un ser superior se tratase- sino por personas que, como representantes de una institución, entidad o colectivo, necesitan utilizar una serie de símbolos o gestos pautados que ponen de manifiesto y refuerzan esa identidad necesaria que todo colectivo necesita para sentirse parte de un todo.

Gestos de respeto, gratitud, deferencia, distanciamiento o cercanía, que se traducen en la forma de colocar una bandera, ocupar un determinado lugar en una mesa, escoger el momento adecuado en la intervención de un discurso o gestionar todos y cada uno de los aspectos relacionados con la organización de un evento. Una traducción que constituye el reflejo de las funciones encomendadas a aquellos que se dedican a la compleja labor de aplicar adecuadamente el Protocolo.

El “Protocolo” o sus profesionales no imponen costumbres o tradiciones, tan solo tratan de utilizar los recursos apropiados que pongan de manifiesto las mismas con el propósito de favorecer el encuentro entre dos partes. Por eso, el protocolo es capaz de adaptarse a los cambios necesarios que la lógica evolución del tiempo y las personas provoca en ciertas costumbres y tradiciones, que se van modificando con el fin de salvar esos desencuentros que dificultan la interacción entre las personas. Cambios que solo tienen sentido si son guiados por la reflexión, la prudencia y el consenso que nos permite evolucionar sin perder nuestra esencia.

Quedarnos, sin más, en la apariencia final de la celebración de un determinado acto, nos puede hacer perder la perspectiva de todo el trabajo de reflexión, estudio, análisis de objetivos, coordinación, previsión de material y personal, montaje de escenario, pruebas, ensayos…que hay detrás de cualquier evento.

Poder vivir en primera persona lo que el trabajo de Protocolo supone, no siempre está al alcance de todos, por eso, el cine, es una magnífica oportunidad para acercarse a un mundo tan apasionante como desconocido. Por eso, desde la Delegación de la Asociación Española de Protocolo en Aragón, hemos pensado que organizar un Ciclo de Cine y Protocolo, puede ser la forma de dar a conocer una herramienta de comunicación que bien utilizada puede ser realmente valiosa.

Con este propósito hemos seleccionado tres películas: The Queen; Vatel ; y El Discurso del Rey, que abordan todos los aspectos anteriormente mencionados, y que nos van a permitir adentrarnos en esos momentos de reflexión, dudas, encuentros y desencuentros, consenso, determinación, trabajo, en definitiva, en todo un proceso necesario que nos hará comprender mejor en que consiste el Protocolo.

Os invitamos a participar en este ciclo de cine, que con tanta ilusión hemos preparado, para descubrir y compartir con todos vosotros el apasionante mundo del Protocolo.

CICLO: CINE Y PROTOCOLO

Proyección: The Queen.

  • Antonio Rodríguez de Rivera, Jefe de Relaciones Institucionales y Protocolo de la Delegación del Gobierno en Cataluña. Modera: Belén Egea. Licenciada en Historia del arte y especialista universitario en Protocolo y Ceremonial.
  • 14 de noviembre, 18.30 h.
  • Más información e inscripción, pincha aquí.

Proyección: Vatel.

  • María Jesús Serrano, de la empresa Ideas a Mares. Beatriz Freixas. Técnico de Protocolo en el Ayuntamiento de Zaragoza.
  • 21 de noviembre, 18.30 h.
  • Más información e inscripción, pincha aquí.

Proyección: El discurso del Rey.

  • Ricardo Pereda. Presidente DIRCOM Aragón. Modera:Fernando Latorre. Responsable de la Oficina Universitaria de Atención a la Diversidad. Experto en Protocolo
  • 28 de noviembre, 18.30 h.
  • Más información e inscripción, pincha aquí.

 

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Protocolarte ZGZ en el estreno de Terrenal

Ayer tuve la gran fortuna de poder asistir al estreno de Terrenal, la nueva producción de LaMov, compañía de danza que surgió en 2008 bajo la dirección de Víctor Jiménez, -coreógrafo y bailarín con una dilatada trayectoria profesional en el mundo de la danza- y que cuenta desde 2017 con el apoyo del Gobierno de Aragón, siendo LaMov-Compañía Aragonesa de Danza.

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LaMov durante una actuación en la IAACC Pablo Serrano |Foto: @abegea

Resulta complicado expresar únicamente con palabras lo que ayer supuso, para quienes presenciamos el estreno, adentrarnos en el mundo de Terrenal. Partiendo de un argumento inspirado por la experiencia personal de la enfermedad de un amigo, Terrenal consigue a través del perfecto ensamblaje de todas sus piezas -bailarines, diseñadores, técnicos, escenografía, música, iluminación, vestuario, producción – provocar sensaciones, tan contradictorias como necesarias, para aferrarse a una vida donde el amor y la amistad son capaces de redimirnos y liberarnos del borde del abismo.

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Cartel de Terrenal|Imagen:@LaMovDanza (Fotografía de Pedro Etura)

En un marco incomparable como es el escenario del Teatro Principal de Zaragoza, la belleza de los movimientos de los bailarines sutilmente iluminados y acompañados por la vibración de una sensacional música , se fusionó perfectamente con un espacio, el de un teatro, que fue capaz de resurgir de sus cenizas para ir dando forma durante cerca de doscientos años, a un edificio lleno de historia, belleza y, en definitiva, vida. Una vida que han ido construyendo quienes no renuncian al arte como alimento del alma.

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Ensayo de Terrenal en el escenario del Teatro Principal de Zaragoza |Imagen: @LaMovDanza

Gracias al estreno de Terrenal, amantes de la cultura, la belleza y la danza se dieron cita en un espacio singular, para disfrutar de un canto a la esperanza, al amor y a la amistad. Un canto a la esperanza que ayer, 19 de octubre Día contra el Cáncer de Mama, hizo, aun si cabe, más especial este estreno.

Nuestro primer Campus de Protocolo

Tras la vorágine de los preparativos de la vuelta al cole y las intensas emociones vividas lo primeros días del inicio de un nuevo curso, poco a poco, vamos retomando la calma y estableciendo esas necesarias rutinas a la que dimos vacaciones este verano.

Atrás quedaron las tardes de piscina, los baños en la playa, las fiestas de verano y las mil y una aventuras que propipicia un periodo en el que los más pequeños disponen de mucho tiempo libre o, más bien, de tiempo libre de cole. Porque en este ritmo frenético de vida que llevamos a veces es complicado que incluso, ellos, los más pequeños no puedan disfrutar de la sensación de no tener nada programado, de dejarse llevar por la imaginación que surge tras esos momentos de sano aburrimiento, y que parece que hoy en día no nos podemos permitir.

En nuestro caso hemos tenido la suerte de tener tiempo para todo, hasta para aburrirnos, pero también para poner en marcha nuestra imaginación y aprender jugando un poquito de protocolo. Dado que, en nuestro entorno, a pesar de disponer de una variadísima oferta de campus, no encontramos ninguno específico de protocolo, decidimos montar nuestro propio Campus de Protocolo…en casa.

Siempre tengo  muy presentes las palabras que escuché en uno de mis primeros cursos de protocolo, mencionadas por uno de los pioneros en cuestión de formación universitaria en esta disciplina y gran profesional de la materia, Don Felio Vilarrubias, quien nos recalcaba que no habíamos ido allí aprender buenos modales porque éstos se daban por supuestos. Por ese motivo, traté de aplicar este lema en nuestro campus y no caer en le tópico de limitarme a enseñar únicamente buenos modales, tratando de centrarme en explicar de forma amena qué es realmente esto del protocolo.

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Como no podía ser de otra manera comenzamos por lo más básico: el orden. Pero no penséis que hablamos de precedencias y Real Decreto, eso ya llegará. Se trataba de entender la importancia que tiene el orden para todo, desde para poder encontrar nuestros juguetes hasta para poder subir en el autobús sin empujarnos unos a otros, y, por supuesto, imprescindible para poder organizar cualquier celebración, ya sea nuestra fiesta de cumpleaños o las olimpiadas escolares. Nuestra primera misión fue ordenar nuestras cosas: pinturas de madera, rotuladores, ceras, pegatinas, cartulinas de colores…Cada cosa en su sitio, para poder pasar a la siguiente misión. Una misión donde la creatividad y la imaginación, algo que no está reñido con el orden, eran absolutamente necesarias.

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Se trataba de crear un país imaginario donde nuestros muñecos podrían tener sus propios eventos y ceremonias a las que invitarían posteriormente a los vecinos de otro país imaginario. Como todo país imaginario, los nuestros, además de tener la posibilidad de llevar a cabo sus propias celebraciones, debían tener un símbolo que representase a todos sus habitantes, un símbolo que estaría presente en sus celebraciones y, tal y como indica la cortesía, también en las ceremonias en las que participase el país vecino. Por eso, decidimos hacer un taller de banderas para las que fue necesario utilizar el material que habíamos ordenado y clasificado previamente: pinturas, cartulinas, purpurina…y todo lo que nuestra creatividad permitiese.

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Teníamos nuestros países en marcha, nuestras banderas y unos pequeños habitantes que estaban deseando celebrar competiciones deportivas, desfiles, bailes y hasta un banquete. Así que nos pusimos manos a la obra y decidimos qué tipo de acto queríamos celebrar, cuándo, en qué lugar y a quién íbamos a invitar. Tras decidir cómo iba a ser, llegó el momento de materializar nuestras propuestas diseñando y creando nuestras invitaciones y programas.

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Y, por fin, llegó el día de la celebración. Nuestros escenarios montados, cada muñequito en su sitio preparado para recibir a sus vecinos, las banderas bien colocadas, los trofeos preparados para ser entregados a los ganadores del partido, la mesa dispuesta para la celebración del banquete posterior y, nosotros, organizándolo todo como buenos “protocoleros”.

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Todo trascurrió sin incidentes, fueron unos días intensos, en los que no faltaron las dificultades que finalmente fueron superadas con trabajo, creatividad, imaginación y, sobre todo, buena disposición y ganas de saber un poquito más que es esto del protocolo de lo que tanto habla mamá.

Feliz día

Espacios para familias en los museos, espacios para la buena educación

En cuestiones de protocolo, etiqueta, urbanidad, buenos modales o, en definitiva, buena educación para niños, que es lo que realmente se trata habitualmente bajo todos estos epígrafes, seguimos cayendo muchas veces en el típico tópico de reducir el protocolo dirigido a los más pequeños a una serie de normas (también muy típicas) de “buena educación”.

No voy a hablar ahora de Protocolo o Etiqueta para niños, temas que hemos abordado en otras ocasiones. Hoy toca hablar de buena educación, buenos modales, de esa urbanidad bien entendida que no se aferra al pasado y que trata de facilitar la convivencia en sociedad permitiendo que personas de toda edad y condición puedan convivir sin problema en espacios aptos para todos.

Como madre, educadora y “protocolista”, reconozco que en lo que a la buena educación de los hijos se refiere, los padres debemos asumir la responsabilidad que nos toca (que no es poca), pero os confieso que también leo con cierto escepticismo algunas de las recomendaciones habituales que se hacen sobre estos temas en forma de una serie de innumerables listas de normas que los padres debemos imponer a los hijos con el único fin de no molestar a los demás, principalmente a esos adultos que nunca pierden la compostura…

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Por supuesto, creo en las normas, en los límites y en la necesidad de utilizarlos con el fin de favorecer el respeto de los más pequeños hacia los demás, hacia su entorno y, fundamentalmente, hacia ellos mismos. Ese respeto exige unas normas y unos límites que deben adaptarse a cada situación, ya que no le puedes exigir lo mismo a un niño de dos años que a uno de ocho, ni poner el mismo tipo de normas en un club deportivo que en una biblioteca.

Los padres tenemos la responsabilidad de establecer normas y poner límites a nuestros hijos y, predicar con el ejemplo es sin duda un gran paso para conseguirlo, por supuesto sin perder de vista la paciencia, la constancia y la dedicación que nuestros hijos merecen. Pero de poco sirve toda esa dedicación si no recibimos un poco de ayuda externa, sobre nosotros recae toda responsabilidad de la “buena educación” y especialmente de la falta de ella, porque si alguien detecta un “mal comportamiento” o un “incumplimiento” de cualquiera de esas “normas típicas” rápidamente la culpa es de los padres.

Cumplir las normas y respetar los límites no es tan sencillo, ni siquiera para los adultos. Cómo decirle a un niño que no debe cruzar en rojo cuando está viendo que los demás lo hacen, en ese caso los padres debemos pedirle comprensión y explicarle que el adulto tiene prisa por cruzar y que es capaz de hacerlo sin peligro porque no hay ningún coche cerca. Sí, sí, comprensión hacia esos “incumplimientos” cotidianos que muchos adultos cometemos, padres y no padres.

Por eso, los padres, agradecemos la iniciativa de quienes favorecen la convivencia sin necesidad de recordarnos constantemente nuestro deber de imponer normas, sino facilitando de forma didáctica y amena la aplicación de las mismas. Visitar un museo requiere una serie de normas de comportamiento que favorezcan el respeto al espacio, a las obras que contiene, a los visitantes y a las personas que están allí trabajando. No tocar aquello que se puede estropear, hablar en un tono de voz adecuado, caminar con tranquilidad para poder admirar y disfrutar de todo lo que el mueso nos ofrece, son normas básicas que toda persona debería cumplir.

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Espacio familiar y educativo en CaixaForum para la exposición “Andalucía en el imaginario de Fortuny”|Foto @abegea

La curiosidad de un niño le invita a tocar todo aquello que ve, su entusiasmo puede elevar su tono de voz más de lo deseado y su inquietud le hace moverse a una velocidad que puede entorpecer el paso de quien ya ha comprendido que detenerse y contemplar una obra con tranquilidad también nos puede hacer vibrar.

Por eso, agradecemos encontrar espacios en los museos  donde los niños puedan tocar, crear y entender que, de vez en cuando, hay que detenerse para asimilar lo que estamos viendo y aprendiendo. Todo ello, sin perder, además, la capacidad de disfrutar, favoreciendo que su comportamiento se adecue a las necesidades de un espacio que cuenta con ellos, que respeta sus tiempos y necesidades, integrándolos como una parte más de ese museo al que ya no se acercan con recelo, al que poco a poco se irán asomando con la serenidad que la madurez aporta.

Estos espacios para niños son ideales para toda la familia, ya que ayudan a los más pequeños a ir asimilando esas normas que los padres tratamos de inculcarles, principalmente,  por que favorecen la convivencia entre quienes saben respetar los tiempos y necesidades de los demás, sin anteponer o imponer las suyas propias.

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Espacio Familia CaixaForum adaptado para la exposición “Los Pilares de Europa. La Edad Media en el British Museum”|Foto @abegea

 

Protocolo para los “despistados”: Las catenarias

Hace tiempo escribí un artículo en el que explicaba que protocolo es algo más que buena educación, aunque ciertamente la forma de comportarse en determinados lugares públicos y, especialmente en todos aquellos actos sociales en los que participamos, han pasado a formar parte de esa concepción genérica del protocolo que aborda aspectos relacionados no solo con el orden de los actos, sino también con su ceremonial, etiqueta y, en este caso, comportamiento adecuado a seguir en los mismos.

En ese comportamiento adecuado, la urbanidad o buena educación que debe o debería regir nuestro comportamiento para favorecer la interacción con los demás, es lo que justifica el artículo que hoy escribo.

Porque la urbanidad y el buen comportamiento posibilita el hecho de que la convivencia sea favorable y que el respeto mutuo sirva para mantener la armonía de nuestras relaciones. En el artículo anteriormente citado, explicaba como con frecuencia nos preocupamos de la parte más vistosa del ceremonial y la etiqueta, olvidando con frecuencia detalles básicos de la convivencia como el pedir las cosas por favor, ceder el asiento a quien más lo necesita o dar las gracias a quien amablemente nos ha atendido.

En ese mismo artículo excusaba ese inadecuado comportamiento afirmando que “En esta vida ajetreada que llevamos quiero pensar que no es la mala educación o un marcado sentimiento de “ombligo del mundo” el que nos lleva a anteponer nuestras “necesidades” a las de los demás, seguramente esta falta de cortesía se debe simplemente al despiste.”

Sí, el despiste. Ese gran aliado que a veces nos sirve de excusa para justificar un procedimiento no adecuado. Y, ese “despiste”, es bastante frecuente a la hora de no respetar los límites marcados por las catenarias. Ese útil elemento tan utilizado en actos, ceremonias y eventos, que sirve para marcar zonas reservadas que deben ser protegidas o delimitadas para un uso determinado. También es frecuente su uso en museos o salas de exposición para proteger las obras allí expuestas.

Por motivos de trabajo he comprobado en más de una ocasión como algún “despistado” las saltaba o se flexionaba para pasar por debajo “sin darse cuenta” y acceder a un espacio reservado, que lo está, no por capricho, sino por precaución, por seguridad, que está delimitado por una determinada razón que es la que justifica el adecuado uso que se debe dar al mismo.

Advertidos de su despiste, en la mayoría de los casos, los infiltrados se disculpan por no haberse dado cuenta de la existencia de dicha catenaria y se van del lugar volviendo a repetir el ejercicio gimnástico que les ha permitido adentrase en el espacio “prohibido” sin ser conscientes de ello.

Para quienes tenemos que indicar que se deben respetar ciertos límites, nos resultaría mucho más sencillo no tener que hacerlo, pero si por sobrepasar esos límites el “despistado” sufriese algún percance, las consecuencias serían mucho más desagradables que el hecho de tener que indicar y hacer respetar esos límites. Por eso, una vez más recuerdo a los “despistados” que las catenarias tienen una función: delimitar un espacio reservado por motivos de seguridad. Respetar esa función pone de manifiesto nuestro respeto hacia los demás y hacia nosotros mismos.

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Un espacio delimitado con catenarias durante la visita de los reyes de España al Museo de la Ciencia Emergente y la Innovación (Miraikan)|HOLA

Feliz semana

¡Larga vida a las Jornadas de Protocolo!

Estos días se cumplen dos años de la celebración de las I Jornadas de Protocolo organizadas en la ciudad de Zaragoza. La propuesta de quienes integramos el “Comando Mañico” (como cariñosamente nos llaman nuestros compañeros) no se hubiese materializado sin la generosidad de quienes decidieron asistir y participar en las mismas.

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Jornada de Protocolo Zaragoza 2015

Gracias a estos compañeros “protocoleros”, las Jornadas de Protocolo se han consolidado. El año pasado pudimos disfrutar de unas magníficas II Jornadas celebradas en Alicante y organizadas por una gran amiga y profesional del protocolo y los eventos, Julia Alonso.

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Jornada de Protocolo Alicante 2016

Este año se celebran las III Jornadas de Protocolo en A Coruña teniendo como anfitriones a Pilar Muiños y Fernando Ares, así que el éxito está garantizado. El encuentro tendrá lugar en breve y reunirá a un nutrido grupo de “protocoleros” con ganas de aprender, compartir y disfrutar con compañeros de profesión, muchos de ellos amigos gracias a estos encuentros, donde la experiencia personal enriquece, sin duda, la profesional.

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Lamentablemente una serie de circunstancias me impiden, con gran dolor de corazón, asistir a estas III Jornadas, pero estoy segura que, aunque no sea de forma presencial, las disfrutaré en modo virtual, porque mis compañeros nos darán buena cuenta de sus pasos gracias a esos medios que facilitan nuestra comunicación, casi diaria, a pesar de la distancia. Unos medios que han generado una “red social protocolera” consciente de que son simplemente eso, unos medios que no sustituyen la necesidad de prescindir de ellos, de vez en cuando, para sentir la calidez de esos abrazos tan necesarios.

Este año me quedo sin abrazos, pero no me despido de ellos porque espero seguir teniéndolos en nuestras próximas Jornadas y Quedadas…¡¡¡larga vida a los encuentros “protocoleros”!!!

Madre… ¿no hay más que una?

Por supuesto, para cada uno, su madre es única y, precisamente, esa singularidad hace prácticamente imposible definir lo indefinible.

¿Por qué? … ¿Qué significa ser madre? Más allá de mediáticos debates sobre “buenas” y “malas” madres, “arrepentidas” o no, “sobreprotectoras”, “helicóptero” …y tantas otras etiquetas que nos adjudican, lo cierto es que ninguna de ellas se ajusta completamente nuestra realidad. Por tanto, disculpad mi atrevimiento si intento describir lo indescriptible arriesgándome a decir que una madre es…

La que ejerce como tal demostrando hacia sus hijos un amor inmenso, no exento de dudas miedos o inseguridades.

La que no renuncia a la responsabilidad de acompañarlos en un proceso educativo permanente, sabiendo adaptar un grado de responsabilidad que varía conforme van adquiriendo la madurez necesaria como para poder volar solos, eso sí, sin perder hacia elles un amor que siempre perdura.

La que en ese proceso de acompañamiento puede estar sola o en pareja (de distinto o del mismo género).

La que trabaja como directiva en una multinacional, de cajera en un supermercado, de peluquera, bombera, médico, policía, actriz, bloguera…La que ejerce como reina, presidenta, ministra, consejera, diputada… La que está en búsqueda de empleo y las paradas de larga duración.  La que estudia, la que investiga, la que emprende, la que inventa y se reinventa. La que es capaz de hacer varias tareas a la vez, y la que no.

¿Admirables? …Para mí todas lo son, lo sois. Valientes por renunciar a los tópicos que convierten en “heroínas” a las “supermadres”, esas que se “desviven” por llegar a todo, tanto que a veces olvidan que ser “supermadre” es solo eso, un tópico más. Porque no hay etiqueta que sirva para describir una experiencia única, personal e indescriptible…la de ser, sencillamente, madre.

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Feliz día de la madre